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La mesa está servida
por Patricio Vega
Ser padre de un niño pequeño tiene muchas ventajas. Siempre es una buena excusa para suspender reuniones de trabajo indeseables, dejar de concurrir a eventos familiares y ver una y mil veces las películas de Pixar. Hace poco, mientras veíamos Ratatouille por vigésimo tercera vez, mi hijo me preguntó: ¿papá, vos de qué trabajás? Enseguida vi la oportunidad inigualable de transformarme automáticamente en el héroe que todo padre desea ser. Hago películas, mi amor –respondí- tratando de controlar mi creciente vanidad. Se produjo un largo silencio. Comprendí que mi hijo no tenía muy claro qué significa hacer películas. ¿Sabés lo que es hacer películas? -No, respondió con una inocencia que pulverizó mi falsa modestia anterior. Hacer películas es como cocinar, ensayé rápidamente y aprovechando la escena en que la pequeña rata prepara una deliciosa sopa en la cocina del restaurant de Gusteau. Los ingredientes de una receta serían los personajes de la historia, la forma de combinarlos sería la trama de la película –continué- envalentonado con la metáfora; y la cocción vendría a ser el rodaje de un film. Luego hay que preparar el plato para que sea atractivo a la vista, eso es como el montaje y finalmente se sirve en la mesa listo para ser disfrutado por el comensal, que es el espectador. Una sonrisa de satisfacción se dibujó en mi rostro. La metáfora era perfecta, redonda, transparente. Mi hijo me observó un instante, quizás por primera vez la figura de su padre estaba siendo revelada en toda su magnitud. -Pá? -Sí, mi amor. -¿Jugamos a algo? Quizás no. Me consolé pensando que de aquí a unos años, cuando fuera más grande, mi hijo sabría valorar mi profesión en la medida justa, aunque claro probablemente para ese momento cualquier cosa que pudiera hacer o decir yo, no haría más que avergonzarlo frente a sus amigos. En fin… me quedo con la metáfora culinaria. Educar el paladar para disfrutar de un buen plato de cocina es exactamente lo mismo que adiestrar nuestra mirada para gozar de un buen film. Hay platos clásicos, platos elaborados, comida chatarra; existe -por supuesto- la belle cuisine, la comida étnica, la picada, la comida al paso. Diría que hay tantas corrientes culinarias como tipos de cine. Hay comensales que se conformarán con una buena milanesa doble caballo y otros que aspiran a deleitarse con la cocina molecular de Ferran Adrià. ¿Cómo discernir qué es un buen plato? Ni la hamburguesa con papas fritas de la conocida cadena de comidas rápidas ni el extravagante plato de nombre exótico servido en un restó de Palermo Hollywood. Tiene que haber algo en el medio. La cartelera de cine es como un vasto menú con distintos sabores que nos tientan o nos repugnan de acuerdo al refinamiento de nuestro paladar. ¿Qué elegir? Es ahí donde aparece “el especialista”, el “profesional de la cocina” que acumula en su memoria gustativa cientos, miles de sabores y combinaciones siendo capaz de emitir un definitivo e inapelable juicio de valor sobre las bondades del plato en cuestión. Es el conocido y muchas veces sobrevalorado “crítico de cine”. Aquel que con dos o tres frases puede demoler el trabajo de años, como el hermano mayor que pisotea al pasar el castillo de arena que construyó su hermanito. Un hombre (o mujer, lo mismo da en este caso) cuyo lema parece ser “todas las películas son malas hasta que logren probar lo contrario”. Exceso de condimentos, falta de cocción, baja calidad en la materia prima, ausencia de creatividad en la elaboración del plato, cualquier argumento es válido para denostar la obra de quien corrió el riesgo de exponerse. Lentamente el paladar del crítico que alguna vez supo estar predispuesto para incorporar nuevos sabores comienza a entumecerse, a deteriorarse, a apolillarse para finalmente quedar completamente insensible a cualquier estímulo. A partir de ese momento en las sucesivas reseñas ya no hablará el gusto del crítico, sino su ego. No será Gusteau, sino Anton Ego, parafraseando a los personajes emblemáticos de Ratatouillle, quien se haga oír en cada comentario degradante, en cada frase malintencionada. Está el crítico que siempre busca la inalcanzable frescura de la novedad o aquel que solo es amigo de lo conocido. Está el que se la pasa comparando una obra con otra solo para demostrar un improductivo saber propio de un coleccionista o aquel que sostiene que el mejor plato jamás elaborado es aquel que solo él probó en un ignoto bodegón de un país exótico durante uno de sus exclusivos viajes. Así las cosas, el crítico está para obligarnos a pensar por nosotros mismos, para negarnos a recibir la comida masticada, para empujarnos a asumir el riesgo de educar nuestro propio paladar, quizás a riesgo de empalagarnos, empacharnos o indigestarnos, pero siempre con la maravillosa posibilidad de quedar… pipón, pipón.
Dos días después en uno de esos repentinos ataques de paternidad decidí cancelar compromisos y fui a buscar a mi hijo a la salida del Colegio. La maestra se acercó y me dijo: te felicito, me dijo tu hijo que sos cocinero. La miré y le sonreí. Le dije que sí; después de todo no estaba tan errada.
Nota publicada originalmente en la revista "Quid"
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