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PATRICIO VEGA

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ALGO PARA RECORDAR
Reflexiones sobre la escritura y el guión

De la escritura propiamente dicha

Se sabe de guiones escritos en unos días (once días para el primer Scarface, por ejemplo) y de otros que han  necesitado dos años de trabajo de varios grupos de guionistas, para un resultado no necesariamente satisfactorio.
En la tradición americana, el productor, dueño absoluto de la película, pedía una primera versión a un autor, luego a otro, y así sucesivamente, hasta quedar personalmente satisfecho. El guión se llamaba entonces un monstruo. Los guionistas, la mayoría de las veces, no se conocían entre sí y apenas tenían una vaga idea de lo que se aprovecharía de su trabajo. Se ha sabido de guionistas, que trabajaban al mismo tiempo sobre el mismo tema, sin estar informados de ellos.
Esta tradición se ha flexibilizado notablemente. Si bien la gestión sigue siendo bastante semejante cuando se trata de las Major Companies (donde los directivos cambian mucho más a prisa que en otros tiempos, de tal manera que un guionista lleva a veces su script a una persona totalmente distinta de la que se lo encargó), algunos productores independientes tienen una práctica mucho más próxima a la tradición europea, donde el autor o los autores trabajan unidos lo más estrechamente posible con el director y eso desde el principio de su colaboración.
De hecho, no se concibe ninguna regla universal, y cada película aporta un nuevo tipo de relación, según se trabaje en tal o cual lengua, en tal o cual lugar, sobre tal o cual tema.
Algunas observaciones parecen, sin embargo, aplicables a un elevado número de casos. Fijémonos, aunque sea arbitrariamente, en un total de diez:

1- El guionista es a menudo un individuo móvil y curioso
Salta rápidamente de uno a otro tema, viaja mucho, visita países, lee por obligación las más diversas obras. Más le vale poder trabajar en cualquier parte, en un hotel, en un bar, en un tren, sin ninguna exigencia particular. Lee a menudo los diarios, colecciona principios de historias que ha encontrado en la realidad, o incluso frases oídas por casualidad en las calles, en los cafés. Debe adaptarse una o dos veces al año, a un nuevo tema, con frecuencia a un nuevo país, a un nuevo colaborador. (…)
Alguna curiosidad –se exprese como se exprese- es indispensable. La búsqueda del tema, de la buena historia, forma parte de la función misma del guionista. (…)

2- El guionista sabe bastante bien, la mayoría de las veces, cómo se hace una película
No siendo la escritura del guión sino una forma pasajera, destinada a convertirse en  “otra cosa”, el guionista no busca solamente palabras, frases, acciones, acontecimientos; busca también –quizás ante todo y en cualquier caso al mismo tiempo- imágenes, encuadres, sonidos particulares, alianzas de sonidos, movimientos de cámaras y un acercamiento lo más preciso, lo más vivo posible, a ese fenómeno tan misterioso que es la interpretación de los actores.
Toda esta búsqueda, que se comparte con el director, forma parte de la escritura Por eso los conocimientos técnicos son útiles, necesarios para el guionista, para su inspiración misma. (…)

3- Sucede con bastante frecuencia que un guionista es una persona cultivada
Y tiene razón en serlo, incluso aunque su cultura, adquirida a menudo según el azar de su trabajo, sea dispersa e incompleta.
Pues la escritura del guión tiene más de cinco mil años de existencia. Con el cine ha tomado una forma realmente nueva, sujeta a las exigencias técnicas y sobre todo al montaje (la autentica novedad), pero se remonta evidentemente a las más antiguas formas de narración.
Desde el origen de estas narraciones, o del teatro, no han faltado los consejos. Un antiguo libro chino recomienda a todo escritor que desconfíe de las digresiones, que evite las repeticiones y que mantenga un buen ritmo, sin el cual se debilitaría el interés.
Más preciso, en la Edad Media, un gran maestro japonés del No definió la famosa regla jo-Hai-Kiu: división en tres movimientos no sólo de toda la obra, sino de cada escena de esta obra, de cada frase de la escena y, a veces incluso, de cada palabra. Estos tres tiempos fundamentales, que se encontrarían en todos los niveles, y que no pueden traducirse exactamente a ningún idioma, rinden aún hoy asombrosos servicios cuando no se sabe muy bien cómo escribir, o como representar esto o aquello. Se trata acaso de una constante secreta que es preferible conocer aunque sólo sea para violarla. (…)

4- Existen reglas, pero para violarlas
Escuchando a ciertos teóricos americanos, qué es dudoso que hayan leído Aristóteles y a Boileau, hombres y mujeres que enseñan tozudamente, con grandes alardes de reglas, la eficacia de las estructuras, y a los que sólo interesa el éxito público inmediato. Podría llegar a creerse que un guionista contemporáneo debe, ante todo, desecar su espíritu, acartonarlo, encogerlo, para obligarlo a pasar por lo más estrecho. La imaginación sería entonces algo peligroso, como la curiosidad, hermana de la cultura. Hay que estudiar lo que ha funcionado ese año, demostrar sus “estructuras” de modo metódico (lo que quiere decir casi siempre de modo arbitrario) y repetirlas incansablemente.
Que existen reglas, nadie lo duda. Por otra parte, son muy sencillas y pueden resumirse en una sola obligación: cautivar y mantener la atención del espectador. Esta regla vale para todas las historias concebibles e incluso para las no-historias, para las ausencias de historias. (…)

5- Existen vaivenes en el trabajo  guionístico
El trabajo sobre un guión obedece con frecuencia a una serie de vaivenes. Son ciertamente vaivenes exploratorios. Se abren todas las puertas visibles y se busca. No se descarta ningún sótano. La imaginación se pone a cazar. Se deja ir. Esto puede llegar muy lejos, hasta el absurdo, hasta lo grotesco, hasta el mismo olvido del tema.
Tras lo cual viene otro vaivén, que opera en sentido inverso. Es la resaca, el regreso a lo razonable. Se vuelve al punto de partida, a lo esencial, a la famosa pregunta: pero ¿Por qué escribimos esta historia y no otra? En el fondo, en términos muy sencillos, ¿Qué nos interesa en ella?
Es el momento de considerar las cuestiones elementales, el camino seguido por los personajes, el grado de compresión del espectador, etc. Al desandar lo andado, abandonamos en el camino, evidentemente, gran número de nuestras miríficas conquistas, pero no forzosamente todas. (…)

6- Existe una escritura invisible del guión
No hace mucho tiempo, cuando el cine se hacía en estudio y el decorador, el director de fotografía y el conjunto de los técnicos podían ejecutar fielmente todo lo que se les pedía (o casi), la escritura del guión ofrecía un aspecto puramente técnico, todo estaba desglosado, trazado con frecuencia plano a plano, con indicaciones precisas de objetivo, de duración de plano, de movimientos de cámara etc.
El rodaje en decorados naturales, que se generalizó con la Nouvelle Vague hizo evolucionar la escritura del guión. Ya no podrán trasladarse los muros, construirse una cascada: será pues, necesario que el desglose y el conjunto de la realización técnica se adapten a los decorados y no al contrario.
Por eso son tan pocos los guiones hoy ya desglosados desde la escritura. Se escribe generalmente por secuencia, y cómo únicas indicaciones interior exterior, día o noche y el lugar de la acción.
Así, más vale escribir rápidamente una escena rápida, y viceversa. La velocidad de la lectura hará sentir ya la velocidad de la acción o al contrario. (…)

7- Algunos consejos pueden servir siempre
He aquí algunos al azar. Hay que:
- Dar su oportunidad a los personajes. No condenarlos de antemano, como en el melodrama, no oscurecerlos ni hacerlos más claros artificialmente.
- Cultivar con discreción la ambigüedad, e incluso el difuminado. Saber que la dirección y la interpretación dirán mucho más que unas frases, lo dirán, en todo caso, de otro modo. Los buenos personajes avanzan siempre dentro de una zona de incertidumbres. Su acción no está trazada de antemano. Todo pude suceder.
- No se tema partir de un cliché, de una situación conocida. Trabajándola se llegará a la originalidad, poco a poco.
- Pensar cada instante en la fórmula sacrosanta, tan a menudo olvidada: “No anunciar lo que va  a verse. No contar lo que se ha visto”
- Escribir en un tiempo cinematográfico, que no es el tiempo teatral ni el de la novela.
- Conservar siempre en el espíritu un solo elemento teórico: todo acontecimiento dramático, para ser plenamente satisfactorio, debe ser a la vez inesperado e inevitable. Desenvolverse lo mejor posible en esta admirable contradicción.
- No olvidar nunca el sonido. No considerarlo nunca como un accesorio. (…)

8- El guionista entrena su imaginación como un músculo
Las preguntas que se hacen al espíritu sobre su propio funcionamiento son antiguas. Ninguna respuesta es total y el espíritu se siente siempre inseguro sobre sí mismo.
Pero una cosa es segura y resulta de la experiencia: la imaginación es un músculo. Para entrenarla como un atleta entrena su musculatura, hay que ponerla en práctica. Hay que obligarse, e incluso cada día, a partir de un suceso leído en una periódico, de una anécdota narrada por un amigo o, sencillamente, a partir de nada, hay que obligarse a inventar una situación, un principio de relato, e incluso a ver historias por todas partes y contarlas constantemente a alguien. (…)

9- Incluso las observaciones anteriores son peligrosas
Así, no hay que obligar a nadie –salvo en período de formación- a hacer esto o aquello. No obliguemos a viajar lejos a quien siente horror por los viajes y prefiere cultivar su pequeño jardín. Algunos importantísimos cineastas han construido toda su obra entre cinco o seis personajes y cuatro decorados. (…)

10- La objetividad del guión es afortunadamente imposible
Envuelto en todo un abanico de limitaciones técnicas, de necesidades comerciales, obligado a trabajar en un proyecto que será metamorfoseado por una serie de manipulaciones, obligado casi todo el tiempo a describir personajes desde el exterior, sin poder practicar la introspección apaciguadora de los novelistas, desconocido con frecuencia por el público, que incluso ignora a veces su existencia, el guionista se plantea insistentemente, a lo largo de toda su vida, la misma pregunta: ¿cómo expresarme a mí mismo? semejante a tantos otros artistas, cuya individualidad se reconoce más que la mía, ¿Cómo hacer oír mi voz? (…)

Fragmento extraído del libro"Práctica del guión cinematográfico" de Jean-Claude Carriere. Pascual Bonitzer Editorial Paidós Comunicación.

 

 

 

 

 

 

 



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