“The other side of the wind”: La lección del maestro

por Patricio Vega

George Orson Welles. El actor shakespeariano, el mago, el ilusionista que cortaba a Marlene Dietrich a la mitad ante la mirada cómplice de los soldados americanos de la segunda guerra mundial, el locutor radial que atemorizó a los norteamericanos con una falsa invasión extraterrestre, el resignado actor de una infinidad de películas olvidables y un puñado de obras maestras, el de la voz grave y profunda, apta tanto para el monólogo de Ricardo III como para un comercial de whisky japonés. Orson Welles, el infatigable creador de formas, el revolucionario, el ingobernable, el niño prodigio y el hijo pródigo que nunca pudo regresar a la casa paterna. Orson Welles, el genio.

Como todo genio, anacrónico. Y ese anacronismo implica tanto un adelantarse a su época como un reconocerse en un tiempo anterior fatalmente inhabitable. André Bazin lo definió alguna vez como “un hombre del renacimiento en la América del siglo XX”. El mundo de Orson Welles es barroco, excesivo -como su anatomía-, nostálgicamente aristocrático, laberíntico, sublime y también, decadente, es decir, fatalmente destinado a la caída. Welles, o sus personajes -con los que a veces se funde y confunde- se sabe más grande que la vida misma, más grande que el tiempo que le ha tocado vivir. Sus héroes son reyes que han trocado ya su reino por un caballo y que aún así intentan hacer uso de unos atributos reales ya gastados y en desuso. Son emperadores sin imperio, solitarios monarcas habitando castillos inconclusos, atiborrados de una cultura anterior condenada a la desaparición.

Es sabido que para ingresar a Hollywood Welles no necesitó golpear sus puertas sino que recibió una irrepetible invitación de honor. Su contrato le daba absoluta libertad para escribir, dirigir, actuar y montar el film que quisiese. En sus palabras “ese era el mejor tren eléctrico que un niño pudiera tener”. Pero ese tren le sería arrebatado tan impiadosamente como al pequeño Kane su trineo. Orson Welles no volvería a tener nunca los recursos económicos, la libertad creativa y el control sobre la totalidad del proceso de realización; esa triada ideal con la que sueña todo director. Así las cosas, una vez expulsado de ese Bosque sagrado su angustiosa pregunta acerca de las causas del inesperado destierro lo llevan a construir una obra obligadamente fragmentaria. Películas mutiladas en la sala de montaje, proyectos a medio hacer, films invisibles en donde su característico personaje del “gran hombre” alcanza cimas paródicas. Welles no se resigna a su nueva condición y ensaya explicaciones. Cada nuevo film se propone como un intento de reconstrucción de aquel reino perdido, pero el destino de sus personajes –todos copias imperfectas de aquel Kane arquetípico- no logra más que reafirmar la imposibilidad de una deseada vuelta a casa. La caída de los Ambersons, el suicidio de Mr Arkadin, la muerte de Hank Quinlan reflejan una realidad que, aunque inexplicable e injusta, debe ser aceptada. El soberbio magnate de El ciudadano se transforma de esa manera en el errante empleado de El proceso, condenado a un juicio absurdo e infinito. La K de Kane es reemplazada por la de Joseph K, que es su necesario reverso simétrico.

The other side of the wind se presenta como el último intento de Welles para ser finalmente re-incorporado al Olimpo de Hollywood y legitimado como el gran director americano que es. Sin embargo, el propio film anticipa su destino inconcluso, su estigma de obra maldita. Veamos: la película narra la historia de un director genial y decadente, imposibilitado de concluir su proyecto y superado eventualmente por su discípulo, personaje interpretado por el también discípulo y admirador de Welles, Peter Bogdanovich. Welles juega con la ficción y la realidad, como ya había hecho magistralmente en F for fake, para construir un discurso cínico, cargado de rencor, pero a le vez lúdico y desprejuiciado. Enmascara su evidente frustración declarándola abiertamente en el film. Teje una telaraña de planos y diálogos cruzados, demuestra ser capaz de filmar como un joven de 20 años, se burla de sus contemporáneos y de sus coartadas intelectuales, parodia a cuanto estereotipo de la industria del cine existe, empezando por él mismo: el director onmipotente y tiránico. Encuentra en John Huston su alter ego perfecto para -sorpresiva y arbitrariamente- armarlo con un rifle y que, en medio de los festejos, decida volarle la cabeza a todos los absurdos maniquíes que, como espectadores pasivos, observan inómoviles su inevitable agonía.

Pero The other side of the wind, tal como hoy la conocemos, no es un film de Orson Welles, por más que los títulos así lo digan. El film que Welles alguna vez tuvo intención de realizar no existe, nunca existió. En su lugar Welles dejó un rompecabezas, un cazabobos, una de esas minas explosivas que pueden activarse aún decadas después de terminada la guerra. The other side of the wind es un seguro de supervivencia, el último truco de un mago agonizante.

Bogdanovich cuenta que, en medio del rodaje y de manera imprevista, Welles le dijo: “Si algo me pasa prométene que vas a terminar la película”. La frase, lejos de ser un pedido amable, un íntimo gesto de confianza y reconocimiento, un acto de generosidad es esencialmente una maldición, un mandato prácticamente incumplible, una trampa. Y Bogdanovich, como probablemente Welles lo haya previsto, cayó en esa trampa. Afanosamente y luego de 40 años de batallas legales, material fílmico mal catalogado, decenas de versiones del guion y un montaje incierto y parcial hecho por el propio Welles, el alumno logró terminar el film que había comenzado su maestro. Mejor dicho; el film que él cree que su maestro hubiera querido. Welles dejó su propio Rosebud y sembró algunas pistas para la reconstrucción del enigma intuyendo que Bogdanovich quedaría atrapado en esa tarea. Welles necesitaba un sacerdote para su culto y una obra profética que sirviera para transmitir su palabra. The other side of the wind es una búsqueda de redención y un escupitajo de soberbia al mismo tiempo. Es una declaración post mortem de un artista que se resiste a ceder su trono y el útlimo juego de manipulación de un maestro vampírico. La contradicción de alguien que quizás nunca tuvo la intención de terminar el film sino la de perdurar a través de su improbable proceso de reconstrucción.

Welles acaba de ingeniárselas para estrenar una película a 33 años de su fallecimiento.  ¿Quién sabe qué otros trucos nos tiene preparados?

Extraído del sitio Otros Cines 

 

“EL ANGEL”, PRIMERAS CONSIDERACIONES

por Patricio Vega

Fui a ver la película de Luis Ortega, basada muy libremente en la historia de Carlos Robledo Puch. Temía encontrarme con una película inquietante, difícil de digerir, incómoda. Y fue así, nomás.

-Vos pensás que alguien “normal” podría haber hecho lo que vos hiciste?, le pregunta la madre de Carlos a su hijo, una vez que el chico es detenido por una serie de crímenes entre atroces y ridículos.
Carlitos piensa un largo instante y responde con tranquila seguridad:
-Sí.

Y ahí reside lo inquietante del film de Ortega. El mal, esa entidad abstracta que intentamos definir a través de los avatares que encarna puede habitar a una persona “normal”, puede ser parte de nuestro mundo cotidiano. ¿Cómo es eso posible? Qué es ese ángel? Es irracional, pero no carece de sentido común; es feroz, pero piadoso. Es arbitrario; no persigue ningún plan superior, no escucha voces, no es un caso clínico. No es moralizante, pero tampoco es obsceno. Es lúdico, pero consciente de las consecuencias de su juego. ¿Cómo puede ser?
Algo así sólo podría existir si la vida no tuviera sentido, ni propósito, ni valor intrínseco. Si el mundo fuera sólo un devenir de seres embarcados en una existencia inútil, desesperados por una trascendencia ilusoria que justifique la impiadosa certidumbre de que van a morir. ¿Y si es eso? ¿Y si no es más que eso?

El ángel es un film nihilista que se disfraza de estética cool porque quizás la belleza, la música, sea el único refugio de un existencia insignificante.

(Continuará)