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Toy Story y Almodóvar

De manera increíble (o no) las dos mejores películas que están en cartel hablan de lo mismo: Woody (Toy Story 4) y Salvador Mallo (Dolor y Gloria, de Almodóvar) se encuentran en una suerte de limbo y deben resolver heridas abiertas de su pasado para poder seguir adelante. 

O sino, al desván. 

Woody y Almodóvar, un solo corazón.

   

A partir de aquí, SPOILERS A TROCHE Y MOCHE.

Pero Woody tiene un problema que Salvador Mallo (interpretado por el virtuoso de Antonio Banderas) no tiene: Woody es inmortal. Excepto el fuego todo indica que nada puede hacer que los juguetes mueran, por lo que si consideramos que una botella de plástico tarda más de 1000 años en biodegradarse, todo indica que Woody, por lo menos, va a vivir un milenio más: ¿Y qué va hacer durante mil años más? ¿Ir pasando de un Andy a otro Andy a otro Andy? ¿Ese es su monótono destino hasta, por lo menos, el año 3019?

Salvador Mallo, por su parte, es mortal, y consciente de esto, de su vejez, de los dolores crónicos que lo aquejan y su soledad, está sumido en una profunda depresión y casi que se ha resignado, parece muerto en vida, no hay deseo que lo saque de ahí: su pasado es un ancla. ¿Y qué va a hacer el resto del tiempo que le queda, esperar a la muerte postrado y solo?    

Sin embargo Woody tiene otro problema aún peor: a diferencia del resto de los juguetes, en esta última película, él es consciente de su inmortalidad. La cuestión de la conciencia atraviesa toda la película. De hecho, en un momento, Woody le habla a Buzz sobre “la voz interior” que lo ayuda a pensar y tomar decisiones. Y Buzz se la pasa todo el film buscándola, de manera equivocada, presionando sus botones con mensajes grabados en fábrica (su conciencia de juguete, su conciencia artificial Made In Taiwan). 

Woody, entonces, es consciente de su inmortalidad. Y además es consciente de que al no tener a Andy como organizador de sus días, como canalizador de su amor, de su deseo, su vida no tiene sentido. En este punto, Woody y Salvador Mallo, están en el mismo lugar; uno postrado en la cama y drogándose con heroína, el otro tirado en el armario junto a otros juguetes suplentes. 

Y es por eso que elige a Bonnie como a “un nuevo Andy” (crea un nuevo Andy), porque Woody necesita algo para hacer, sino: ¿Qué sentido tiene todo, que va a hacer los próximos miles de años, se va a ir al desván, deprimido, a esperar que el tiempo lo degrade como a una botella de plástico? Andy es mortal, Woody no; los niños son mortales, los juguetes no: y eso es un problema. 

En este sentido hay un momento maravilloso en el film (probablemente el momento más importante de toda la saga de Toy Story) y es cuando Woody presencia el acto de la Creación, el momento exacto del comienzo de la vida de un juguete: Woody ve cuando Boonie crea a Forky, casi como si fuera un Dios, convierte a algo que no tiene vida, en algo con vida. Woody es el primer juguete que asiste a ese momento mágico, inexplicable, pero que hace que Woody acceda a un nuevo plano. 

Y dijo Bonnie: Sea la luz; y fue la luz. 

Recuerden la última escena de la peli, el último plano, las últimas líneas de diálogo; la Forky mujer le pregunta a Forky hombre: “¿Y por qué es que ahora estamos vivos?” y Forky hombre le responde mirando a cámara: “No tengo la menor idea”. Créditos finales. 

Porque aquí no hay un hada mágica como en Pinocho que da la vida, o un científico loco como en Frankenstein, aquí el interrogante queda abierto.  

Sigamos un poco más.  

A lo largo de la historia, Woody se la pasa obsesionado con encontrarle una razón a su existencia: “Debo cuidar a Bonnie”, “Debo cuidar a Forky”, “Debo cuidar a Gabby Gabby”. Y así pasan los minutos. Y en este derrotero es que se reencuentra con un viejo amor: Bo Peep.

Al comenzar la historia nos enteramos que Woody, varios años atrás, estuvo a punto de escaparse con ella, pero que su lealtad a Andy lo hizo quedarse en la casa. Algo quedó inconcluso ahí, una herida abierta. 

Y en Dolor y Gloria pasa algo muy parecido: Salvador Mallo se reencuentra con Federico Delgado (interpretado por Leonardo Sbaraglia), un gran amor con el que había perdido todo contacto: también una herida abierta. 

Al terminar la historia, Woody ya no es un juguete, ya no pertenece a nadie, es un ser libre, y debe preguntarse qué es lo que quiere, cuál es su deseo: la lealtad a un “dueño” ya no tiene lugar, eso de que le escriban el nombre en su zapato como si fuera ganado ya no va, ahora debe darle un sentido a su existencia porque si ya no es un juguete, ¿Qué es?

Cuando sacrifica el disco con la grabación de su voz para salvar a Forky, se consolida esta transformación. Y cuando entrega su estrella, abandona definitivamente lo que era.

Por su parte, Salvador Mallo, al ir cerrando historias pendientes de su pasado, se va  reencontrando con su presente y va saliendo, de manera progresiva, de su depresión. 

Es finalmente el amor, un deseo interno, explosivo y sincero, lo que salva a Woody y Almodóvar, lo que da sentido a sus vidas y los mantiene en movimiento: Woody elige a Bo, la primer muñeca a la que deseó, y Salvador Mallo, al encontrar el retrato que hizo de él el primer hombre al que deseó y cerrar las heridas del pasado, vuelve a escribir. 

Woody y Almodovar, un solo corazón.

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