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En las películas ganan siempre los perdedores

Siempre me gustaron las películas de “perdedores”. Incluso aquellas en las que el protagonista, aún sin ser un gran perdedor, terminaba fracasando en su objetivo. Esas fueron siempre mis preferidas.

Quizás sea simplemente más fácil identificarse con perdedores. O quizás era yo, que disfrutaba de sentir que la ficción, como mi vida, era algo injusta. Cuando empecé a estudiar guion intenté entender por qué me gustaban tanto estas películas. ¿Eran esos personajes el espejo perfecto que necesitaba para sentirme más aliviado y justificar mis “fracasos” personales?

Espejito, espejito…
Enseguida entendí que las películas, al igual que hacían nuestros padres cuando éramos chicos, nos cuentan historias. Y ¿por qué nos gusta tanto escuchar historias?

Quizás en la niñez, desde nuestra escasa experiencia de vida, la realidad se muestre demasiado desconcertante, entonces los cuentos vienen a tranquilizarnos, a decirnos con cada repetición que hay verdades que no se modifican con el tiempo.

Los cuentos son la expresión de una verdad particular, de una visión de mundo escondida en un relato de ficción. Los cuentos transmiten valores y enseñanzas que nos acompañan en el proceso de crecimiento. Y las películas también.

El guionista es, ante todo, un contador de historias. Historias que nos ayudan a expandirnos, a ampliar nuestra experiencia, a conocer nuevos mundos. Las películas son herederas de aquellos cuentos clásicos infantiles. Y en ellas también siempre gana el perdedor.

You can’t always get what you want…
Creo que el que la entendió primero fue Mick Jagger… Porque si consiguiéramos siempre aquello que buscamos, no habría historia. Sería siempre la confirmación y re-confirmación de los propios deseos. Y ¿qué es una historia sino el despliegue de una experiencia que nos lleva al cambio?

Imaginemos al Patito Feo. ¿Qué hubiera pasado si fuera lindo y nadie se hubiera burlado de él? ¿Habría salido a buscar un nuevo destino?… Probablemente se hubiera quedado con su familia, viendo una y otra vez la imagen bella de su reflejo en el estanque.

En las películas es muy común ver que el protagonista no obtiene de entrada el reconocimiento deseado. Y la historia «del que gana siempre» sólo se torna interesante cuando aparece algo que no puede ganar.

«Equipo que gana no se toca», dice la máxima futbolera. En cambio, la derrota invita al cambio, a girar, a reorientar el paso.

Los maestros del guion nos dicen que toda historia es la historia de una transformación. Y si no muere el viejo “yo”, jamás emergerá nada nuevo.

Pero la transformación requiere de un paso previo que nunca es agradable. A veces se trata de esta falta de reconocimiento. Otras veces aparece un imprevisto indeseado. O quizás sea la trasgresión inicial a un cierto mandato lo que da lugar a la aventura. Imaginemos qué aburrido hubiera sido si Caperucita Roja nunca hubiese hablado con extraños, tal como le recomendó su madre… O si la anciana de Hansel y Gretel no fuera una bruja… ¿Tendríamos historia en ese caso?

En el cine, el asunto es similar. Porque todo relato nos invita de algún modo a romper con el statu quo, y a salir de nuestras propias trampas.

Las historias que más recordamos son aquellas en las que el protagonista logra dejar atrás los patrones del pasado y enfrentarse a sus miedos más profundos. “La naturaleza es cambio”, nos dice Remy en Ratatouille, y quizás también el cine en cada una de sus historias.

Hasta que un día…
Sería interesante pensar, por ejemplo, qué hubiera sido de la vida de Chuck Noland, el protagonista de Náufrago, si nunca se hubiera estrellado su avión. ¿Sería interesante su historia?… De seguro hubiera continuado dando esos sermones sobre la ética laboral capitalista, repitiendo sus ideas sobre el trabajo duro y aquello de que “vivimos y morimos por un reloj”.

Es interesante ver que este mismo personaje, luego de sobrevivir cuatro años en una isla desierta (y perder a su prometida), nos hablará de “disfrutar de lo nuevo que trae la marea cada día”.

Y ¿cómo sería la vida de Sarah Connor, si Skynet nunca hubiera enviado a un Terminator con la misión de eliminarla?… ¿Sería interesante su historia de vida?

Seguramente hubiese seguido trabajando como camarera, quizás hasta aburrirse de los mismos clientes del bar, viviendo con su amiga Ginger y divirtiéndose al escuchar las conversaciones telefónicas que mantiene ésta con su novio Matt. Una vida estándar, podríamos decir. Hasta que un día… ocurre algo que la lleva directo a la aventura.

Como guionistas, necesitamos que “fracase” ese modelo de vida que lleva Sarah Connor, que termine cuanto antes esa rutina, que si fuera por ella se extendería quizás por algunos años más, con el peligro de que se sienta tan cómoda en esas vivencias cotidianas que se consolide toda una identidad ligada a eso.

Sabemos que la vida (el guionista) tiene otros planes ¿mejores? para ella, y Sarah va a tener que madurar de golpe. Necesitamos entonces que pase algo que la saque de ese estado de “calma aparente” que marca el clima de todo inicio de película; que algo imprevisto suceda, para que el personaje abandone esa vida tranquila que llevaba y ‘salte’ directo a la aventura de una vida nueva.

Pensemos sino en el pobre Truman (Truman Show)… un personaje miedoso, sumiso, que sueña con explorar el mundo, pero le teme al agua desde que su padre murió ahogado. ¿Qué hubiese pasado si nunca se hubiese encontrado con ese mendigo que luego resultara ser su padre?… Quizás nunca hubiese salido de esa isla en la que está atrapado (literal y metafóricamente hablando).

 Y ¡qué pacífica sería la vida de Jeffrey (Blue Velvet) si nunca hubiera encontrado una oreja cortada en medio del parque!…

Y ¿qué sería de la familia McFly, si Marty nunca hubiese viajado accidentalmente al pasado?

¿Y Michael Corleone, si nunca hubieran baleado a su padre Vito?… Seguramente seguiría repitiendo que él y su familia no tienen nada que ver.

Toda historia trae aparejada una “derrota”, porque es la derrota, en definitiva, la que invita al cambio, a reorientar el camino, y a quebrar sobre todo la lealtad que le profesamos a una imagen… la imagen que tenemos de nosotros mismos.

But if you try sometimes…
En toda película ocurre siempre una revelación; hay un momento en que el personaje se da cuenta de que no era tan importante lograr aquello que se había propuesto.  Ni ganar esa competencia para la que se venía preparando, ni conquistar a esa chica o chico que le había enamorado, ni quedarse con el objeto de deseo, sea cual fuere… Porque “fracasar” en torno a la consecución de la meta es lo que abre las puertas al cambio. Y quizás lo único importante era simplemente salir a buscar.

"The other side of the wind": La lección del maestro

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